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Nervo, el de la Hermana Agua, se ausentó en definitiva de su tierra natal, teniendo ya suficientes años para no perder durante el resto de su vida, el sonsonete de Tepic, y su panteísmo, quizá temperamental, más bien que producto de influencias literarias, es la raíz y la atmósfera de los huicholes, que viven adorando peremnemente lo creado y para quienes nada está muerto, sino que todo vive, en las montañas, en objetos antropomorfos, en el agua sagrada, en el hermano venado, en el padre Sol y en el abuelo fuego.

En un paraíso artificial de peyote, jiculi, jícore o shícora, se extinguen los coras y los huicholes. La última de esas tres denominaciones del sagrado cactus, shícora, designa, privada del afijo shi, al grupo étnico de los primeros, y para los segundos su jículi es la metamorfósis vegetal del dios venado, al que adoran en la biznaga comestible que restituye la energía, quita el hambre y la sed y puebla la imaginación de fantasmagorías.

Unos y otros indios ingieren el jículi, comido en rebanadas o injurgitado como brevaje. El mayor consumo lo hacen los huicholes. El jículi es su razón de ser y como ya no se le encuentra en el Nayarit, donde sólo queda en la toponimia (Peyotán) el metaplasmo de la denominación azteca (peyotl), lo van a traer al Estado de San Luis Potosí o al de Zacatecas, en peregrinaciones regularmente de 45 días, durante los cuales no se bañan. Parten con exiguo bastimento de tortillas y esquite, encabezados por sus shamanes o sacerdotes, llevando estos en bandolera los bules del tabaco para los jiculeros.

Con propósitos de purificación días antes de llegar al término del viaje se establece el ayuno y se confiesan los indios diciendo los nombres de las mujeres con quienes han tenido devaneos y por su partes, las que han quedado en los jacales confiesan también sus debilidades amorosas y por cada varón que las ha causado hacen un nudo en una cuerda, la cual suele quedar llena de nudos.

Según la leyenda de los "huisora", doctores o huicholes al dispararse el dios venado hacia el monte, quedó reproducido en cada una de sus huellas, las cuales se tornaron en la milagrosa biznaga. Después, el dios se convirtió en maíz.

Ya purificadas los peregrinos, la procesión se hace más solemne. Avanzan concentrados, graves y en formación rigurosa. Cuando la doble fila india hace alto para que se inicien los grandes ritos de la captura del venado, los sacerdotes avisoran al ágil dios cuadrúpedo, como remate móvil de la silueta de alguna colina. Los demás no lo perciben de pronto, pero se les hace claramente visible poco después, cuando han colectado y han ingerido el jículi. Entonces, de cara al padre Sol, inician sus danzas y sus cantos religiosos.

 

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